El guitarrista del fuego, por Álvaro Cunqueiro

Regino Sainz de la Maza, 1917


Somos muy amigos -cinco lustros han hecho ya la prueba de esta amistad-, y nos vemos muy de tarde en tarde. Me emocionó anteayer abrazarle en Vigo. Cuando Regino era muy joven, decían de él que era el monaguillo del "Entierro del Conde de Orgaz", que se había salido del cuadro. Ahora está todavía más grequizado, y su cuello es de la última época del pintor, cuando los alargaba ya hasta límites de liana vegetal o los estiraba como llamar, poniendo arriba, en inconcebible equilibrio, las afiladas cabezas.... Si, el monaguillo salía del cuadro, se quitaba las vestes de iglesia, y se quedaba en jubón y calzas. ¿Verdes? Seguramente- Se puede comprobar, acercándose al cuadro del Greco y levantándole el ropón del muchacho. El monaguillo, saliendo del cuadro, iba a recoger su guitarra. Se le oye tocar en un rincón del patio, al que da frescor una fuente. Es verano en Toledo. El aire mismo que la guitarra guarda entre pecho y espalda está tibio, y las yemas de los dedos del músico lo notan. ¿Lo notan? Pero, ¡si son brasas, ellas! Yo no entiendo de música -la música es irrefutable, quizás no entienda nadie; don Pedro Mourlane Michelena decía que ningún músico, como tal músico, está en el infierno-, pero cuantas veces he oído a Regino Sainz de la Maza, siempre me pareció que estaba jugando con fuego; que, aprendiz de brujo, lo desataba, y que esa era su real vocación: acariciar las sonoras llamas, rizarlas, reducirlas a sombras azules sobre una pequeña astilla, hacernos creer que no son llamas, sino hilos de agua o piedras preciosas que hacen en el aire el oficio alado de las mariposas, o fingir un surtidor con las hojas más pálidas del fuego, para finalmente, cuando ya te crees que andas por suaves alamedas, vas a beber agua de monte o deshojas claveles, te hundes, irremediablemente, en la gran bola de fuego, de purísimo fuego, que el artista ha descubierto en el pozo profundo, mágicamente profundo, de su clara guitarra. Porque Regino ha sabido aliar la máxima claridad al máximo fuego... Esto lo digo yo, espectador muy atento, sentado en una esquina, en el patio de Toledo en el que el monaguillo del "Entierro" toca por solaz, pero con inmenso respeto.

La guitarra, como toda cosa, como el vino, como la rosa, como Garcilaso, tiene sus endecasílabos, y Regino Sainz de la Maza los sabe: los sabe técnicamente, claro, pero los sabe poéticamente, que es lo esencial. Lo que permite tocar a Milán y a Bach como si en aquel mismo momento se estuviese produciendo la resurrección de la carne de la música... Ya no vuelve, después del concierto, Regino al cuadro del Greco. ¡Ay, los fugaces! Ya los años pasaron de monaguillo. Ahora la cana cabeza del gran maestro -en la que se conserva la clara mirada de los ojos vivaces-, se inclina pensativa sobre la amada guitarra, y permanece asomada a aquellas aguas verdes que tiene que haber allí dentro -aguas como las de la "Virgen de las Rocas" de Leonardo-, y que él ve, y miles de otros tocadores de guitarra no ven, ni verán jamás. Esta es la diferencia a favor de Regino Sainz de la Maza. "La guitarra más poética de España", dijo Juan Ramón, que veía la música en violeta.

Por Álvaro Cunqueiro en Faro de Vigo,

publicado el 5 de noviembre de 1961.